Esa sensación de vivir emociones contradictorias al mismo tiempo: sentir algo y, a la vez, justo lo contrario. La ambivalencia emocional aparece cuando convivimos con sentimientos positivos y negativos hacia nosotrxs mismxs, hacia otra persona o hacia una situación concreta. Y sostener esa falta de armonía mental puede resultar profundamente agotador.
El malestar que genera no saber dónde situarnos
En consulta —y también fuera de ella— cada vez es más frecuente observar cómo esta ambivalencia se traduce en malestar emocional. No saber desde dónde posicionarnos frente a alguien o algo genera confusión, inseguridad y desgaste interno.
Surgen entonces preguntas difíciles, pero necesarias:
¿A qué precio sostengo una relación que me aporta intensidad?
¿Cómo puedo identificar el daño que me provoca una relación que, al mismo tiempo, también me genera emociones positivas?
Relaciones ambivalentes: cuando lo que duele también engancha
Lo complejo de las relaciones ambivalentes es su capacidad para atraparnos. Recibir una de cal y otra de arena, sentirse cuidadx un día y ignoradx al siguiente, puede generar un fuerte vínculo emocional. Esa alternancia entre bienestar y malestar engancha, aunque resulte dañina.
Este tipo de dinámicas activan mecanismos psicológicos que refuerzan el apego, incluso cuando la relación nos hace sufrir.
Sesgos cognitivos y refuerzo intermitente
¿Por qué nos cuesta tanto identificar estas situaciones? En gran parte, porque entran en juego sesgos cognitivos que influyen en cómo interpretamos la realidad según nuestro estado emocional. Estos sesgos dificultan integrar tanto los aspectos positivos como los negativos de una relación.
Además, los sistemas de refuerzo intermitente (hoy te escribo, mañana desaparezco) favorecen el mantenimiento de estos vínculos. El cerebro responde a esta imprevisibilidad de forma muy intensa, haciendo que la relación resulte atractiva y adictiva, casi como si se tratara de una droga.
Tomar conciencia como primer paso
Reconocer la ambivalencia emocional no es fácil, pero es un paso fundamental para recuperar el equilibrio. Poner nombre a lo que sentimos nos permite cuestionar qué vínculos nos nutren y cuáles nos desgastan, y empezar a tomar decisiones más alineadas con nuestro bienestar emocional.